
La vida y la muerte de Genara estuvieron profundamente ligadas a una persona –su hija fallecida– y a una casa –su hogar, la Venta del Vicario–. Hoy recuperamos una historia bastante desconocida que, por su lejanía en el tiempo, ha estado a punto de perderse para siempre.
No hay mejores enterradores que la invisibilidad y el olvido. Y si de una persona, un lugar o un objeto no queda nada que refrende su existencia, aunque se haya oído hablar de ellos, esa omisión se convierte en algo definitivo. Esta crónica va justamente de eso. ¿Cuántos van y vienen a lo largo del camino real que unía Fornes y Jayena con Frigiliana y Nerja por el Puerto de Frigiliana, y pasan de largo –sin sospecharlo siquiera– por el punto exacto donde se levantó el famoso caserío conocido por todos como la Venta del Vicario? De esa época, muerta pero no enterrada del todo, sólo quedan patentes a la orilla del camino las trazas de una era empedrada y un carril terrizo que se adentra en el pinar. No existe, como en otras zonas de la sierra, una ruina muda y fría que enseñe los dientes al tiempo; nada hay que sugiera el desconsuelo propio de las cosas que se extinguen lentamente. Como si un furibundo viento norte hubiera pasado arramblando hasta con su nombre, la intangible Venta del Vicario –que evocamos con cierto deje nostálgico, por no quedar nada de ella– es real sólo en la mente de los que la vieron, en su tiempo, erigirse sobre el caminito pino que costeaba el Arroyo de la Venta para ir trepando, un poco más arriba, hacia el Puerto de Frigiliana.
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| Este es el solar que ocupó la histórica Venta del Vicario, una de las más relevantes de las que jalonaron el camino de arriería que enlazaba la Comarca de Alhama con la Axarquía. Dentro del círculo amarillo se encuentra el único vestigio que queda de la venta: su era |
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| La era de la Venta del Vicario. Se conserva sólo una parte, firmemente apuntalada por su balate o albarrada original (imagen de abril de 2026) Imágenes de arriba y abajo |

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| Restos del molino harinero de la Venta del Vicario. Bajo las zarzas se atisban parte de los muros, de la acequia que lo alimentaba y de su pequeño salto de agua |
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| Fotografía aérea del año 1956. En el centro de la imagen se aprecia la Venta del Vicario (en el círculo rojo), a la orilla del camino arriero. Justo frente a ella se vislumbran las ruinas, entonces aún visibles, del molino harinero (en el círculo verde). A la izquierda, los corrales de la venta (en el círculo amarillo) y, alrededor del conjunto, las tierras de cultivo que se hicieron famosas por la calidad de sus productos (especialmente las habichuelas, que llevaban los arrieros a toda la Axarquía) |
(En este punto es importante señalar que nos vamos a adentrar en unos hechos muy nuevos –incluso ignorados, dada su antigüedad– para muchas personas; no obstante, no debe haber duda de que, como siempre, cada dato ha sido debidamente contrastado con todas las fuentes posibles. Lo que viene a continuación ha sido ratificado por tres personas de mucha edad que, es preciso añadir, coincidieron casi exactamente en los detalles al relatar los hechos).
Dicen que dicen que dicen… que hace una pilísima de años habitaba la Venta del Vicario una familia compuesta por un cabrero, su mujer y sus cinco hijos. El único anhelo de la esposa –que, parece ser, se llamaba Genara– era tener una hija, tras varios partos en los que sólo había dado a luz varones. Genara era, según se cuenta, una mujer de una vez. Bajita y de constitución menuda, era pese a su tamaño una fuerte, voluntariosa e incansable trabajadora que nunca pedía nada para sí; poseía un carácter alegre y de gesto siempre sonriente, que se ganaba todas las simpatías, y la delicadeza y el tacto innatos que suelen ser don de los humildes. Era una representante más de aquella estirpe de bizarras mujeres de antiguamente, a la vez esclavas y coronadas reinas de su casa, que modelaban corazones, encauzaban entendimientos y que, con su sola presencia, convertían cualquier lugar en un sitio mejor.
En aquel caserón de hombres sentía Genara que le faltaba la compañía de una chiquilla; una igual a la que cuidar y enseñar a llevar una casa y una familia, y con la que compartir los secretillos que toda mujer guarda, y que nada importan al cielo ni a la tierra. Serían la una para la otra; compañía y apoyo para la hija en su infancia, y consuelo para la madre en su vejez. No dudaba Genara de que, antes o después, llegaría el milagro de su niña: ya se veía ella acunándola, aseándola, vistiéndola muy de mañanita –para cuando se fueran los hombres al campo– y repeinando sus trenzas que, estaba segura, tendrían por lo menos el grosor de una ristra de ajos. Una hija soñada, que Genara visualizaba como una versión pequeñita de sí misma.
No sabemos si sería el poder de la ilusión –toda mujer, cuando cree, con su fe mueve montañas–, pero sucedió que Genara volvió a quedarse embarazada y esa vez dio a luz a una niña. La buena mujer no cabía en su pellejo de dicha, pero ay, que la fatalidad quiso desencadenar una tragedia doméstica: la pequeña había nacido muy débil, y su almita voló al cielo unos días después del nacimiento. ¡La poquedad de las cosas que hoy son, y mañana mismo desaparecen! Genara, que guardaba cama tras el parto y no pudo estar presente en el entierro, se negó a aceptar lo ocurrido y defendió desde el primer momento que su hija, don de sus mejores dones y tan bonita como la hoja de la rosa, había sido robada en un descuido de todos. ¡Era tanta la gente que pasaba por delante de la Venta del Vicario…! Alguien debió verla, le gustó y, al no estar su madre pendiente, tiró de la niña; ya se sabía que esas cosas pasaban. De nada sirvieron las razones que le dieron familiares y amigos; para Genara su pequeña no estaba ni muerta, ni mucho menos enterrada: se la habían llevado y tenía que encontrarla. A todas las casas, ventas y cortijos cercanos puso la pobre mujer sobre aviso en cuanto pudo tenerse en pie; tanto se compadecieron sus vecinos de aquel sufrimiento que, persuadidos de que Genara había perdido la razón, desistieron de decirle nada más y, por no verla llorar –al fin y al cabo, era mejor tener una hija perdida antes que muerta–, optaron por seguirle la corriente y hacer como que también la andaban buscando.
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| La Venta Antonia en agosto del año 1979 (fotografía de Sebastián García Acosta). Era muy cercana a la Venta del Vicario y se situaba también a la vera del mismo camino arriero. En tiempos antiguos, en las zonas rurales los vecinos se consideraban entre sí casi como familia |
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| Las ruinas de la Venta Antonia, en la actualidad |
Dicen que dicen que dicen… que todos los días, después de sus obligaciones, Genara salía de su casa y escudriñaba con los ojos achicados cada rostro femenino que pasaba por el camino de delante de la Venta del Vicario, de día bajo el verde con sol de los pinares, y de noche alfombrado de luna o estrellas. Marchaban con la alborada y tornaban con la anochecida los hombres al cuidado de sus quehaceres, y la buena mujer continuaba firme en el tranco de su puerta, mientras los días y los meses y los años rodaban con el mundo. “Ahora tendrá cinco, ahora tendrá diez; ya son quince, ya son veinte los años que ha cumplido…”. A medida que el tiempo pasaba, las facciones del bebé se desdibujaban en su memoria; entonces Genara cerraba los ojos y veía a su hijita mejor. Por el bien de todos y de ella misma se sobrepuso a las circunstancias, pero su perenne sonrisa terminó pareciéndose a la amarga mueca previa al llanto: tragar con lo que tocaba, cumplir con sus deberes y finalmente sucumbir era entonces el destino de las mujeres pobres. Los hijos crecieron, se casaron y marcharon lejos en pos de una vida mejor; el marido envejeció a su lado y finalmente dejó este mundo, hartico de trabajar. Sola de familia –aunque amparada por la gente de la Venta del Vicario–, vieja por edad y melancólica por experiencia, Genara se marchitó mirando pasar en procesión un día y otro día, con el corazón latiendo sólo por oficio, aunque sin perder en ningún momento la esperanza de ver a su hija, ya fuese antes de morirse. Lo que no cambió fue el cariñoso trato que la mujer daba a todo el que pasaba por la venta y se paraba a darle un rato de conversación. Y es que, ¿quién sabe si el pájaro que canta alto, ríe o llora?
Dicen que dicen que dicen… que Genara buscó hasta en la raya del horizonte; que vivió muchos años y que, aunque vieja ya y embebecida, seguía oteando el camino, apoyada en la esquina de su casa lo mismo que en el hombro de un amigo. Cuando le llegó la hora de enfrentar su final, lo hizo con una serenidad muy alejada de las cosas terrenas, como si se hubiera despedido de la vida tiempo atrás. ¿Y consiguió descansar Genara? Pues… hay penas que sólo cura el bálsamo de la muerte, pero quienes bien lo saben aseguran que en su caso no fue así. Y es que la cuitada siguió persiguiendo el recuerdo de su niña convertida en un ánima errante; un fantasmilla menudo y encorvado, enlutado de arriba abajo y con su sempiterno pañuelo a la cabeza (es sabido que al martirio van con gusto las mujeres si el instinto maternal las guía, y Genara no renunció a su anhelo ni aun después de muerta). Solía aparecerse al claroscuro del anochecer, rondaba entre las casas y los alrededores del cortijo y se desvanecía luego suavemente, con las claras del alba. Algunos de sus contemporáneos aseguraban que la vieron caminar muy despacito, así como flotando; andando el tiempo, también fueron testigos de sus apariciones nocturnas las sucesivas generaciones de habitantes de la Venta del Vicario. Cuántas veces, al caer la noche en las cercanías del cortijo, alguna voz advertía en voz chita –sin miedo, pero con algo de recelo– la cantinela aquella: “¡Ten cuidado, a ver si te va a salir la viejecilla!”
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| El camino original que lleva a los corrales de la Venta del Vicario, en la actualidad |
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| La Venta del Vicario en fotografía aérea del año 1977 (con bastante mejor definición de imagen que en la de 1956). El cuerpo del cortijo aparece con las construcciones más definidas, al igual que los corrales reconvertidos en viviendas para resineros; las ruinas del molino ya no se aprecian, y los campos de labor (veintiún años después de la primera fotografía aérea y tras el incendio de 1975) han disminuido su extensión |
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| Espectacular imagen del caserío de la Venta del Vicario en agosto de 1979, abandonado cuatro años antes por el incendio de 1975 (fotografía de Sebastián García Acosta). Esta casa era una de las que construyó La Unión Resinera Española junto a la venta antigua, para alojar a sus trabajadores; en concreto esta fue la vivienda del guarda de monte, que contaba también con agua corriente y teléfono. Adosado a ella se ve el corralón de los bueyes que los empleados de la Resinera utilizaban para el transporte de troncos desde la sierra hasta el camino real, donde esperaban los camiones que los llevaban directamente a la serrería de la fábrica. |
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| Modesto Martín fue uno de los arrendatarios de la Venta del Vicario (fotografía tomada en los años cuarenta del siglo XX), donde vivía con su mujer y sus hijos. Modesto era, además de una buena persona, un próspero labrador; tenía una yegua y una yunta de bueyes propias, que solía prestar a los vecinos cuando las necesitaban. Fue un hombre extraordinariamente noble, sencillo y servicial hasta que, ya anciano, perdió un poco la razón y dio quehacer a su familia y amigos con sus inocentes trastadas (según cuentan, el buen hombre tenía mucha gracia) |
En este punto dejamos a la Venta del Vicario, a sus gentes y a su fantasma. La historia de todos ellos continuará en la segunda parte de este artículo.
- Escrito por Mariló V. Oyonarte
- Fotografías: Sebastián García Acosta, archivo de la familia Ramos Fernández y Mariló V. Oyonarte.
Con la colaboración de: Rosa Mediavilla, Carlos Márquez, María Concepción Páez, familia Ramos Fernández, Francisco Fernández Guzmán y Antonio Moreo.
Vídeo didáctico-narrativo












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