
"Al recuerdo del basurero y enterrador del pueblo durante cuarenta años. Un hombre humilde, honesto y trabajador, que puso muy alta la dignidad de estos oficios".
He querido conservar en el título que encabeza el relato de este personaje, su seña de identidad más humilde y prosaica, además de que fuera el oficio que ejerció durante más años en su larga, ajetreada y variada vida profesional. Pero además lo hago con la intención de que surja la hermosa paradoja que encierra, de que un oficio tan aparentemente humilde y modesto, se pueda desarrollar con tanta dignidad, espíritu de servicio y dedicación absoluta. Y es que sólo desde un corazón grande y generoso, como el que habitaba en el pecho de Félix Portillo, se puede conseguir que la relevancia de un oficio dependa más de la calidez con que se realiza que de la calidad que se le suponga. Y es que a Félix Portillo, alias, “Feliz el Basurero”, lo tengo también en el “santuario particular” de mis santos laicos, de hombres y mujeres del Llano, buenos de verdad que he conocido en mi vida, como: Candelaria, “Agusto”, “Evaristo”, Juana de Ventas, Miguel el de Miguelico, Julia de Mayorao y que hoy quiero incluir también, a Félix “El Basurero”.




Cuando estalla la guerra, su padre, antiguo militante de la U.G.T. y con desarrollada conciencia política, se adscribe a los Comités de Defensa de la República, que se crean en cada pueblo, para controlar y velar por los recursos materiales y humanos. A la toma del pueblo por los Nacionales, el 7 de febrero del 37, la familia escapa hasta Málaga, huyendo de represalias. Allí, su padre se adscribe a la columna CEFAS, formada por milicianos voluntarios, para luchar contra la sublevación. Pero ante la rápida evolución de los acontecimientos, se disuelve sin llegar siquiera a entrar en combate. Engañado por la propaganda de los vencedores, mediante octavillas lanzadas por la aviación, asegurando que, “los que no tuvieran las manos manchadas de sangre, podrían entregarse a las nuevas autoridades, con la garantía de que no sufrirían represión”. José Portillo Mateos, alias “Gorrilla”, noble, ingenuo y crédulo, pero con la conciencia tranquila por su comportamiento, se entrega a las autoridades franquistas.
Es detenido, juzgado sumariamente, sin ninguna garantía procesal y fusilado irremisiblemente el 27 de febrero de 1937, bajo la única y genérica acusación de “ayuda a la rebelión”, junto a otros 2,838 ejecutados aquella semana trágica, y enterrados todos en el cementerio de San Rafael, en una de las fosas comunes más grandes de España. Y es que sólo la coincidencia en la Málaga del momento, de los dos alias de “Carniceros” de nuestra Guerra Civil, Gonzalo Queipo de Llano y el “Carnicerito de Málaga”, Carlos Arias Navarro, desde su puesto de fiscal en la Audiencia Provincial, podían producir ese número récord de ejecuciones en apenas dos semanas. Hablan los historiadores, de que en ese período de la guerra firmó alrededor de 4.500 sentencias de muerte en juicios sumarísimos, a veces de duración de varios minutos y hasta en grupos de diez o quince de una vez. Y siempre bajo su latiguillo favorito de: ‘Los hechos probados y sometidos a juicio, sólo merecen sentencia de muerte”.
Aún tiene que sufrir la familia otro golpe de represión de los vencedores: Juan Sánchez Martín, hermano de Mercedes y conocido como Juanico “El Tablero”, es condenado a 12 años y un día de cárcel, conmutados después a seis años y posteriormente exiliado a Córdoba. Y en Lucena, casó su hija Victoria, que murió muy joven.

En esta fecha se inicia uno de tantos y desgarradores dramas de nuestra “guerra incivil”. Félix, nuestro protagonista, tiene dos años recién cumplidos y tres y cinco, respectivamente, sus hermanos, Antonio y José. A Mercedes Sánchez, su viuda, mujer animosa y decidida no se le “descosen las costuras” y como un torbellino, apoyada en alguna familia de su marido en Málaga, los célebres Portillo, de la conocida tienda de “Muebles Portillo” que apoyaron y visitaron en la cárcel a su marido en aquellos días, lava, plancha o friega escaleras, peleando como una loba para sacar adelante a sus hijos. Pero embarazada ya de muchos meses de su último hijo, antes del parto tienen que volver al pueblo, donde sus padres Antonio Sanchez, “El Tablero Viejo” y Magdalena Martín, su mujer, los acogen en su casa.
Al poco tiempo, Mercedes da a luz un nuevo niño, al que ponen de nombre Rafael y en unos meses, su madre vuelve a la ardua tarea de esforzarse en toda clase de trabajos para sacar adelante a sus hijos, ya que los abuelos son gente humilde de escasos recursos. Al cumplir veinte meses, el bebé coge una grave infección infantil, propia de la época y muere en pocos días. Mercedes vuelve a Málaga, donde las oportunidades de trabajo son mejores que en El Llano. Los hermanos mayores, José y Antonio se buscan la vida como “porquerillos” de ganaderos de la zona, aunque sea por el asegurado sustento diario. Para marchar a Barcelona en cuanto les cierra un poco la barba, a finales de los cincuenta. Y allí asientan su vida por muchos años.
Nuestro protagonista, Félix, toma el relevo de sus hermanos en la guardería de animales. Primero de pavos, donde puede distraer algún huevo furtivo y clandestino, para complemento alimenticio de la familia. Y luego de cochinos, cabras y ovejas. También trabaja en las labores de las pocas tierras de su abuelo y de su tío Joseillo “El Tablero”. En el inicio de la década de los cincuenta, con apenas 16 años, y hasta falseando la edad, como tantos, entra en los trabajos de repoblación de pinos en las zonas de “La Resinera”, Sierra Tejeda o Sierra Umbría. En exhaustivas jornadas de frío , nieve y lluvia, pero que le permiten prosperar económicamente, aunque dejará marcas para el futuro, en su cuerpo.



Después, entre 1966 y 1972, echó Félix varias “barajas” de trabajo en Francia, de algunos meses por años, en las acerías de Metz, cerca de París, donde toma contacto con muchos paisanos, migrantes en la zona. En 1972, el Ayuntamiento saca una plaza de una especie de “chico para todo”, pues de alguna forma contempla las responsabilidades: de basurero, pregonero, encargado del Cementerio Municipal, jardinero, enterrador, recadero…Félix Portillo ve la oportunidad de su vida y sin dudarlo, hecha su solicitud para optar a la plaza. Tiene ya 37 años y su formación escolar se reducía a dos años escasos en que pudo asistir a la escuela de D. Juan Chica, hasta que su madre lo envió con ocho años, al Rincón de los Reinas a guardar pavos, con la Virtudes de Pipa. Pero “como hace más el que quiere que el que puede”, Félix aprovechó, no sólo esos dos años en la escuela de Gazpacho, sino los periodos de invierno en que podía asistir a la escuela nocturna y voluntarista de Pepe “el de la Benigna” y otros, hasta que dominó más que aceptablemente la lectura, escritura y las cuatro reglas. Félix salió airoso de las pruebas; que tampoco las exigencias formales eran como para el puesto de Secretario y Félix sacó la plaza.
Y es entonces, cuando nuestro protagonista, como un Jesús redivivo, con algunos años más, se abre a la vida pública. O al servicio público, en este caso. Con tal amor, dedicación, entrega absoluta y diligencia, que eleva casi a la categoría de “sublimes”, los servicios más prosaicos y humildes. Se constituye el primer servicio de recogida de basuras del Llano. Realiza la recogida con un pequeño motocultor con remolque, marca PIVA, como las legendarias motobombas que iniciaron el regadío el El Llano, en los años sesenta. Vaciando la basura, primero en la Pedriza, en una zona frente al campo de fútbol y posteriormente, formó basurero en la zona de “La Breña”, frente al Cerro del Moro.
A esta época pertenece la terrorífica anécdota de la mañana en que bajando la empinada cuesta de Felipillo, con el remolque cargado a tope de basuras, se le rompen los frenos, yendo irremisiblemente a chocar contra la puerta - persiana de la cochera de la casa de “La Manrica”, al final de la cuesta. La puerta salta en pedazos, quedando la parte superior metálica de ésta, a dos dedos de su yugular. El susto fue mayúsculo. El riesgo se soluciona parcialmente, con la adquisición de un Land Rover nuevo con caja, que hizo las delicias de Félix y que le permitió ya, llevar los residuos hasta “La Breña”.
La democracia trae al matrimonio su último hijo, Marcos Desde 1960, han traído al mundo seis hijos: Pepe, Nati, Merche, Félix, Irene y él menor, Marcos, en 1977. La tierra ha sido fértil, la semilla también. Y en tiempo y contexto, duro, donde los recursos no han sido los de un patrimonio familiar propio o heredado, sino el esfuerzo practicado y compartido por toda la familia. ¡Y no hay más cera, que la que arde!
Ya con los Ayuntamientos democráticos, me correspondió durante casi 20 años y como teniente de alcalde de Chica y luego de Zamora, llevar la Concejalía de Personal, junto a la de Agricultura y la de Urbanismo. Tengo que confesar que este Ayuntamiento ha tenido la suerte de tener un personal funcionario, competente y cualificado, aunque siempre puede haber la excepción que confirme la regla. Pero lo de Félix es que era especial. Además de disponibilidad absoluta y en todo momento, es que se adaptaba a todos los encargos y lo mismo nos servía para un “fregao que para un barrío”.

Pero era como pregonero donde nos ofreció las perlas más exquisitas de su repertorio. Teniendo en cuenta los tiempos, sin los recursos informáticos de hoy, es que Félix era nuestros pies y nuestras manos. Por megafonía, avisaba a la población de todo tipo de actividades: plenos municipales, asambleas y reuniones, cortes de agua, campañas de vacunación, Semanas Culturales…etc. etc. No es una anécdota lo que cuento, sino haceros partícipes de la delicia real que supuso escucharlo. Siempre iniciaba su mensaje de megafonía con su inefable y consabido: “¡Se comunica…! ¡Qué el próximo sábado… se ‘inargura’ la Primera Semana ‘Corturás’!”. Nos moríamos de risa y de ternura, escuchando a nuestro honesto y animoso Félix.
Otro día, me contaban sus hijas, que con motivo de convocar a una concentración “de solidaridad con el pueblo saharaui”, se le formaba tal lío en la lengua con las dos “palabrejas”, que hubieron de ensayarle el pregón, durante la noche anterior, para que se le soltara la lengua. Cabalmente, nuestro ínclito Feliz, cuando llegó el momento, pregonaba por la ía de su flamante y reluciente “Land Rover : ¡Se comunica, que hoy a las doce y en la puerta del Ayuntamiento, habrá una concentración en… “sorila… sodilari… so…! ¡Coño, eso con los moros y pa’ llevarles alimentos! Se ve que en esta ocasión, lo puso nervioso una vecina, porque estando detenido en la puerta de la Cecilia Pulligones (mi tía Cecilia), con su recién limpio camioncillo, vio venir a doña Elisa, la maestra de escuela, mujer de Joseillo “Las Cabras”, portando la bolsa de basura y sin reparar que el micro estaba abierto, gritaba: “¡verás, verás…!, ¡a qué me la echa…! ¡a qué me..! ¡Digo, que me la echó! ¡¿Pero está tía está tonta o qué!?”. Lo cual, dicho con altavoz a tope, provocó las risas de toda la calle… menos de doña Elisa, que ni se dió por aludida. ¡Y es que, la verdad, muy normal, muy normal, no era lo de esta mujer…!

Y Félix seguía con su frenética actividad diaria, buscando tiempo después de recoger la basura por todas las calles del pueblo, para arreglar el jardín en varios puntos del pueblo, preparar el entierro de aquella misma tarde, en su responsabilidad como enterrador municipal y sobre todo, y aquí yo creo que lo hacía como “hobby” o entretenimiento y casi, que en su tiempo libre, el arreglo y adecentamiento del cementerio, porque estoy seguro de que lo vi más de una tarde o fines de semana, en lo que parecía su obsesión: limpiar, adecentar y embellecer el recinto del cementerio. Lo escribí y resalté en un relato hace tiempo, pero cualquiera de mi edad, puede corroborar lo que era y acumulaba el recinto en los años sesenta y primeros setenta. Tanto se entusiasmaba en la limpieza del Camposanto, que a veces le llegaba la noche sin reparar en ello. Me contaba su hijo, que un larguísimo y caluroso atardecer del mes de junio, trabajaba Félix entre la penumbra de las tumbas, llegada ya la noche cerrada. Y no porque alardeara de no tener miedo a los muertos, que lo tenía y mucho , como buen andaluz, sino porque en su ”hobby”, perdía la noción del tiempo. Esa noche, María su mujer, preocupada de su tardanza, envió a su hijo menor, Marcos, para que fuera en su busca. Ajeno a la llegada del niño, Félix repara que es muy noche y ya, sin querer, “los dedos se le vuelven huéspedes” y las bóvedas y tumbas, espíritus del más allá que se mueven y susurran. En ese momento, al “trasto” y travieso Marquitos, no sé le ocurre otra cosa que, desde detrás de una tumba próxima, “soplar con todas las fuerzas, en su trompeta recién comprada en una caseta de la Feriecilla Chica”. El sobresalto de Feliz es tan abrupto, que el repullo casi lo hace perder el conocimiento, con los ojos como platos y caído al suelo y a punto de un síncope. Marcos se asusta y corre a ayudar a su padre, que mientras se repone, sólo atina a decir: “¡digo, el niño…!, !digo el niño…!, !digo, …!” Sin comentarios. Luego, para el tiempo libre o para no aburrirse, se hizo agente de la compañía de decesos “Meridiano”.
Por eso, cuando Félix preparaba su jubilación, a mediados o finales de los noventa, cuando su hijo Félix se interesó por optar un día a la plaza de su padre, todos los ediles, por consenso, dimos el proceso de convocatoria por completado. Hasta ahora, ha cumplido con creces las expectativas.
Pese a su bonhomía y trato exquisito y universal con toda la gente, a Feliz, cierta izquierda más pura, quisquillosa y fanática, no le perdonaba sus años de lealtad y convivencia con los ayuntamientos de la dictadura, como si cumplir con el deber, tuviera algún tipo de ideología. En Félix Portillo, como en todas las familias de los fuertemente represaliados en la posguerra, ha habido siempre un comportamiento común: el silencio. Estoy seguro que en casi todos los casos, ni siquiera sus hijos sabían el secreto que encerraba la familia en la cumbre de ese silencio. Lo he podido comprobar personalmente cuando he hecho indagaciones para documentar algunos relatos. Incluso ya, en tiempos de democracia consolidada. Y es que sé que ese miedo, imprime carácter. Los hijos de Félix y María, no fueron una excepción.


Félix muere un caluroso día 11 de agosto de 2010, sin poder dar digna sepultura a su padre en el cementerio de su pueblo, Zafarraya. Este privilegio y obligación, se lo pasa a sus hijos, que lo cumplirán a rajatabla cuando lo permitan las condiciones normativas y cobertura económica correspondiente.
Mercedes, su madre, ha sido la otra heroína esforzada y callada de toda esta historia. Viuda y con cuatro hijos (el último muerto con menos de dos años), prefiere criarlos con el apoyo incondicional de su Padre, Antonio Sánchez, “El Tablero Viejo” y la colaboración de su hermano, José (“Joseillo el Nene”), antes que intentar rehacer su vida con un nuevo y quizás, beneficioso matrimonio. Aún así, hubo de soportar alguna irracional habladuría, en una brutal ausencia de sororidad, por parte de las mujeres del pueblo.
Yo los tengo en mi cielo particular, donde le he dado acomodo a tanta gente humilde, sencilla, trabajadora y auténticamente buena, del Llano de Zafarraya. ¡Contamos con ellos!
Juanmiguel.
Nota de la redacción: Hemos recurrido a imágenes creadas con IA para ilustrar este artículo.
"La noticia en Radio Alhama (i)*


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