El chico del adiós



Lo del chico lo escribo en un arrebato de autoconfianza y por aquello de emplear el título de una magnífica comedia romántica.

 Igual que la protagonista de “La chica del adiós” se iba despidiendo de sus parejas, a lo largo de mi vida en Alhama he ido relacionándome con distintas encarnaciones de cajas de ahorro, fiel al consejo del padre de Pepe Carvalho” El dinero en las cajas de ahorro, Pepiño, que son del estado”. Si la memoria no me falla, creo que mi primera cuenta la abrí en Caja Provincial de Ahorros de Granada, la que estaba enfrente del Bodegón. Mil pesetas ingresé para poder domiciliar unos recibos de una colección de libros. Tuve que decirle adiós, cuando pasó a ser Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, de la cual me despedí para darle la bienvenida a La General, que se transformó en CajaGRANADA. En esta, en la oficina de la Joya he manejado mis ahorros, cobrado mis pensiones y pagado mis recibos de elementos imprescindibles como luz, agua e internet. Por otra parte, si eres pensionista o tienes una cuenta o no cobras.

No paró ahí la cosa y esa entidad pasó a ser Banco Mare Nostrum, por aquello de la mediterraneidad de sus componentes. También Mare Nostrum fue engullido por el pez más grande de Bankia que ahora está en vías de ser tragado por Caixabank. Me salen siete entidades.
 No está mal. En las mismas no sólo se aúnan mis asuntos económicos más inmediatos si no que se da el caso de que con mucha de la gente que ha trabajado o trabaja en ellas he ido creando un vínculo casi de amistad. Al presidente de Bankia no lo conozco más que por la prensa, mientras que, a Rosa, Mariano, Fran, María Jesús, Paco o los decanos Juan y Miguel, entre otros, ya retirados del mundo de los bancos, no sólo los conozco y me conocen si no que con algunos me unen años de confianza y credibilidad.

Y, mucho me temo que estoy a un par de telediarios de tener que decir adiós también a Bankia y dejarme engullir por lo que venga, que casi seguro que para mí como cliente no será mejor, a mayor fuerza y tamaño menos competencia, y eso siempre lo pagan por una parte los clientes y por otra los trabajadores.
 Porque detrás del frio número de los clientes, están las historias personales de quienes se ven forzados a solicitar un crédito, o la de las personas de avanzada edad poco duchas en el funcionamiento de los cajeros que se ven obligados a sacar su pensión, exigua pensión casi siempre, mediante el artefacto para ellos extraño e intimidante. Por suerte aún, no sé hasta cuando, aún quedan empleados de la vieja escuela que les echan una mano. O los ahorradores que ven como sus imposiciones no sólo no les ofrecen recompensa alguna, si no que parece que estorben quienes únicamente buscan tener su dinero a salvo y no quieren corres riesgos. Ya corrieron los riesgos de la vida, el trabajo y los sacrificios cotidianos para reunir lo que se llama “los ahorros de toda una vida”.

 De toda esa gente, de los clientes, se olvidan quienes deciden las fusiones, del mismo modo que se olvidan de los trabajadores a los que, de mejor o peor modo, van a despedir.

Espero que la vieja oficina de “Los Arcos” pueda sobrevivir de alguna manera a esta fusión en la que, creo que ya lo he dicho antes, todos vamos a perder un poco, entre otras cosas el dinero público que se empleó en rescatar Bankia.
 Ya lo cantaba Golpes Bajos, “malos tiempos para la lírica”, malos tiempos para casi todos. Por otra parte, ya estamos acostumbrados. Nuca han sido demasiado buenos los tiempos para el que vive de su trabajo.



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