
Era imperdonable que nadie en la izquierda del pueblo, ni de los históricos republicanos ni de los jóvenes militantes progresistas, hubiéramos tenido conocimiento de “la vida y testimonio” de este heroico paisano.
Nota de la redacción: |
El cabo Godoy
Aquella ventosa mañana de un lluvioso mes de marzo, Luis Ortega Gogoy, camina temprano entre las ráfagas de viento y fina lluvia, con una bolsa al hombro, por la calle de Las Eras hacia El Pilar, donde tomará el coche de línea hacia Granada.
Tiene 19 años y ha perdido toda esperanza de conseguir un futuro profesional, digno y estable en su pueblo, Zafarraya. Con cuatro hermanos más, vivió con sus padres, Antonio Ortega Castañeda, zapatero y Dolores Godoy Martín, hija y nieta de carpinteros, de la extensa saga de los “Estébanes” o “Godoys”. Primero, en la calle Iglesia y posteriormente en la calle de “Las Eras”. Su penúltimo intento de emancipación personal y capacitación profesional, fue en Málaga y como aprendiz de “calderero”, oficio que llegó a dominar, pero que no le satisfizo en absoluto, y volvió al pueblo.

Rumiando sus pensamientos, aunque con una firme decisión tomada en largas noches de zozobra e insomnio, Luis, da el paso y aquel mismo día, desembarca en Granada con la convicción de que va a cumplir un deseo largamente madurado: ingresar como voluntario en el ejército y orientar su futuro como profesional militar.
No tiene estudios ni una especial preparación, pero aprovechó los años de escuela para dominar correctamente las cuatro reglas, escribir y leer correctamente e incluso domina bastante las normas gramaticales. Está seguro de que si entra como voluntario en el ejército, como soldado raso, con fortaleza, aguante y tesón, ascenderá por la escala de “promoción interna”, accediendo a un puesto de suboficial, desde el que podrá estabilizar su vida laboral y sus aspiraciones sociales y humanistas. Ya desde un principio, sublimaba su pasión por la milicia o en su defecto, por la Guardia Civil, como una consumación de su deseo de servicio público, desde unos principios éticos y morales que ha aprendido en el seno de su humilde familia.

Ingresa en la Caja de Reclutas de la Comandancia Militar de Granada, firmando un compromiso mínimo de tres años sin premio, extensible hasta los doce años. El 22 de septiembre de 1909, es filiado a las Tropas de Admon. Militar de la Compañía Mixta de Ceuta, donde previamente se había avecindado, empadronándose en casa de un tío suyo, hermano de su padre. En 1910, es ascendido a cabo segundo e ingresa en la Academia de la Guardia Civil, expresando su deseo de formar parte del Cuerpo de la Benemérita.
Cumplidos tres años de formación, se incorpora al servicio público como miembro de ese cuerpo de seguridad en el cuartel de algún pueblo de la costa occidental malagueña. Después de unos años de movilidad por las Casas Cuartel de algunos pueblos de la zona, donde consolida la imagen de que las condecoraciones y medallas recibidas en Marruecos durante su estancia en la milicia y la Academia (Cruz de Plata al Mérito Militar y Medalla de la Paz de Marruecos), no fueron fruto del azar ni el oportunismo, sino de su bonhomía y entrega a su responsabilidad, con todas las consecuencias.

En esos años, conoce a la mujer de su vida: una joven guapa, decidida, bondadosa y con una acentuada dignidad y conciencia de clase: Magdalena Martín Mallén, natural de Marbella. mujer progresista, feminista cuando no existía ni el término, y con ideas políticas claras, en unos tiempos en que la mujer contaba tan poco que no tenía ni derecho al voto. Esta discriminación contra la mujer, aún tardaría al menos quince años en desaparecer de aquella España de golpes y no pronunciamientos militares.
Fue el complemento perfecto para un hombre íntegro y honesto que sólo aspiraba a cumplir desde el honor con su deber, en una España en paz, justicia y orden. Compartió sus valores y con él, los potenció. Y juntos los reinterpretaron y actualizaron. Así valores tradicionales como: el honor, la lealtad, el sentido del deber, el patriotismo, el orden, la autoridad…, tan arraigados en él, se integran potencian y complementan, con la dignidad, integridad ética y respeto; la solidaridad y el compromiso; la ciudadanía global de la humanidad y el patriotismo de compromiso económico. Y es que, desde una visión moderna y progresista de la vida, sustituyen o insertan valores basados en el privilegio, la deferencia y la tradición, en otros basados en la equidad, la razón y la libertad individual.

En 1918, se casan en La Línea de la Concepción, prestando después servicio en varios puestos de la Guardia Civil de la zona, mientras van llegando los hijos: Magdalena, Luis, Josefina, Dolores… En 1922, asciende a Cabo Primero y años después, pasa a depender de la Comandancia de Huelva, ocupando el cargo de Comandante de Puesto en varios cuarteles de la zona minera de Riotinto. Y siguen trayendo hijos al mundo: Antonio, Juan, Rosario y Enrique, mientras se viven tiempos tensos y duros, pero apasionantes y heroicos. El 14 de abril de 1931, se proclama en España la Segunda República. Aires renovados de modernidad y de progreso, recorren los pueblos de España, acompañados como tantas veces, de movilización integrista y ruido de sables.
El 18 de julio se produce la sublevación militar de no Franco y una parte importante del ejército y mandos, que se levantan contra la legalidad democrática representada por la República, provocando una terrible, cruenta y eterna guerra civil, entre españoles y los durísimos años de represión y revancha que la siguieron. Ese mismo año se inicia un inenarrable drama para la familia del Cabo Godoy y su mujer Magdalena, con siete hijos a su cargo, el menos de apenas un año escaso y el mayor, de 15 años.

El Cabo Godoy, secundando y secundado por su mando máximo en la provincia, el Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Huelva, Coronel Orts Flor, se apresta a defender el orden constitucional, formando un cuerpo de voluntarios mineros de Minas de Riotinto, que marcha con el resto de fuerzas fieles a la República, para intentar sofocar a los rebeldes en Sevilla. Sólo la vil y cobarde traición del comandante Gregorio Haro Lumbreras, que formaba parte de la columna de fuerzas republicanas, pudo derrotarlos. Llegando a Camas, cambió de bando y les tendió una emboscada mortal, en la zona conocida como de “Las Pañoletas”, ametrallando la columna y explosionando algunos de los camiones cargados de dinamita de los mineros causando una verdadera masacre. Está traición, y la aplastante mayoría de las fuerzas sublevadas, al mando del más sanguinario de los dirigentes sublevados, el general Gonzalo Queipo de Llano, consiguen la victoria, apoyados en los “quintacolumnistas” y renegados del ejército y de la Guardia Civil. El traidor comandante Gregorio Haro Lumbreras, será conocido como “el carnicero de “Las Pañoletas” y el sanguinario general, Queipo de Llano, jefe supremo en Sevilla, como “El Carnicero de Andalucía”.

Después de la traición de “Las Pañoletas”, el “Cabo Godoy”, al mando de una columna de mineros que consiguió escapar de la emboscada, vuelve a Riotinto y se enfrentan en feroz combate a los rebeldes en la batalla de “El Empalme”, cerca de Valverde del Camino. Queipo de Llano envía tropas de apoyo a las fuerzas nacionales, que fuerzan la retirada de los mineros al cuartel de Altos de la Mesa, barriada del municipio de Minas de Riotinto. Allí resisten heroicamente hasta el día 27 de agosto de 1936, en que se ven obligados a rendirse.
Aquel mismo día, se desata el infierno contra los que han defendido en cualquier frente, la legalidad constitucional y republicana, acusados, juzgados y sentenciados, por los apóstatas del honor y del deber, que desleales a los principios constitucionales, ahora actúan de falsos testigos contra sus mismos compañeros de armas, en un intento de hacer méritos ante los que intuyen como vencedores del conflicto desatado. Con la falaz, genérica y paradójica acusación de “apoyo a la rebelión”, las fuerzas del bando nacional, desde el primer día, van fusilando inmisericorde, torturando o recluyendo, sin juicio previo o con juicios sumarísimos de un día, a los que, respetando su propio honor, sentido del deber y lealtad a la legalidad vigente, se habían mantenido fieles a la República.

El 4 de agosto habían sido fusilados, el Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, coronel Orts Flor y justo al día siguiente cae fusilado también, el gobernador republicano de Huelva, Diego Jiménez Castellano y el Jefe de la Guardia de Carabineros, Alfonso López Vicente. El mismo día 27, tras la rendición del cuartel de Altos de la Mesa de Minas de Riotinto, el Cabo Godoy es llamado ante el coronel Joaquín Velarde, y ajusticiado por fusilamiento, sin previo juicio alguno, ni siquiera sumarísimo. Traicionado y acusado por sus propios compañeros y subalternos del Cuartel de Fuenteheridos, del que fue su comandante de puesto hasta ese día, fue sentenciado a muerte y fusilado, inmediatamente. Otra versión mantiene que el soberbio y sanguinario comandante de las fuerzas rebeldes vencedoras, el teniente coronel Joaquín Velarde, tomando su pistola, le descerrajó un tiro en la nuca. Entre este elemento y el conocido como “El Carnicero de Las Pañoletas”, el teniente coronel, Gregorio Haro Lumbreras, crearon en la zona el clima de terror, represión y muerte, más agudizado de toda la guerra. El teniente coronel Joaquín Velarde, sustituyó al asesinado Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Huelva, coronel Orts Flor. Diez años después, fue expulsado de la Guardia Civil por corrupción, por el mismo régimen franquista. Haro Lumbreras, ocupa el puesto del también asesinado Gobernador Civil, Diego Jiménez. Años después, es asesinado de un tiro en la cabeza por el Guardia Civil, Talavera.
Los responsables de la masacre, cometen la felonía de negar el fusilamiento y crear el bulo de que el traidor “Cabo Godoy”, ha huido cobardemente, abandonando a su mujer y sus ocho hijos, para evitar el castigo. Su viuda, Magdalena, que casi enloquece de dolor, sabe que esto es mentira, pues conoce hasta la fosa del cementerio donde ha sido sepultado, pero en su delirante deseo, anhela la posibilidad de que fuera cierto el bulo de su fuga, aunque acarree la credibilidad de la calumnia.
Dos terroríficas y paradójicas realidades se imponen ante una desesperada y ansiosa Magdalena: la desquiciante y absurda realidad de que Luis hubiera escapado en un último momento, que la empujaba a la esperanza, pero con la desesperante idea, de que esto llevaba implícita la calumnia de traidor y de que éste no pudiera volver a tener jamás contacto con la familia, sometido a persecución permanente, peligros incontables y la posibilidad de una muerte anónima y desconocida para siempre. O la aplastante e insoportable realidad de su fusilamiento y enterramiento en una fosa común en el cementerio de Fuenteheridos, de la que casi tenía constancia directa, pero a la que se oponía su rebeldía, pese a la evidencia casi absoluta.

Tampoco Magdalena iba a escapar de los sanguinarios instintos de los vencedores. Se salva de ser fusilada, junto a su hijo Luis, de 15 años de edad, al que acusaban de ir exhibiendo una pistola en los meses anteriores al Movimiento. Este fusilamiento no llega a producirse, quizás por la decisión de alguien con un mínimo de compasión hacia Magdalena y sus hijos, aunque sí, fue torturada, humillada y sometida a todo tipo de vejaciones, sin ninguna clase de enjuiciamiento ni argumentos y sólo por los deseos de venganza de elementos facciosos del pueblo, de los propios ex compañeros del Cuerpo y de sus mismas mujeres que se consideran agraviadas por ella, cuando Magdalena las había reconvenido en alguna ocasión, por su cortedad de ideas y de miras. La pelaron al cero y la obligaron a beber grandes dosis de aceite de ricino, que le provoca fuerte descomposición de vientre, paseándola luego por el pueblo, para escarnio y burla de mucha gente mezquina y miserable.
En Magdalena, al insufrible dolor por el asesinato o desaparición de su marido, el temor por la seguridad de su hijo Luis o el doloroso drama de sus torturas, vejaciones y humillantes mofas, se suma la intoxicación de su hijo menor, lactante con menos de un año, al que transmite la contaminacion por el aceite de ricino, lo que provoca al niño una agresiva reaccion de pústulas y llagas por todo el cuerpo, que lo llevan al borde mismo de la muerte, durante días.
Y era Magdalena una mujer fuerte y resiliente, ya acostumbrada desde el principio, a superar el drama familiar que supone la muerte de un hijo. Con apenas dos años, la primera hija del matrimonio, Magdalena como su madre, había contraído el sarampión, una de las epidemias más agresivas y terribles de aquellos años, por la carencia absoluta de tratamiento eficaz contra la infección, ante la que sólo actuaban las propias defensas del individuo afectado. Cuando superaba la infección, un accidente doméstico imprevisible, provoca la regresión más aguda de aquellos efectos. En un descuido de la madre, la niña Magdalena, vuelca una olla de hirviente leche de la hornilla sobre su cara, que queda abrasada, al ser hipersensible por los efectos del sarampión, provocándole la muerte en pocos días, entre grandes dolores. Y todo lo va superando Magdalena con entereza, voluntad y sacrificio.
Y ahora desesperada, escapa con sus hijos al pueblo cercano del Castaño de Robledo, donde todavía tiene que “apurar su cáliz hasta la hez”, con el arresto de su hijo Luis, aún menor de edad, y su traslado a un campo de concentración, como un peligroso asesino, al cumplir los 16 años. Y la negativa de las nuevas autoridades franquistas, a facilitarle los Fondos de Socorro Mutuos, acumulados por su marido en casi treinta años de pertenencia al cuerpo. Sublimando su venganza hasta el infinito, no le entregan dichos fondos, pero tampoco el certificado de defunción de su marido, manteniendo la falsa versión de su cobarde fuga, huyendo del castigo. Con sádico cinismo, un mando de la Guardia Civil le propone, que si firma que su marido el “Cabo Godoy” fue un traidor, tendrá los Fondos de Socorro y el certificado de defunción, en una semana. Magdalena le responde que prefiere la muerte, antes que firmar esa falacia. Con esto perdía su última posibilidad de reunir algún dinero y poder escapar a Ceuta, donde vivía un tío de Luis.
Una colecta popular, donde participa parece, hasta algún alcalde de la zona, consigue reunir una mínima cantidad de dinero, que le permitirá desarrollar su plan. Los ecos de guerra resuenan cada vez más fuerte en tonos facciosos y el grito del sanguinario general Queipo de Llano, demandando la depuración total de “rojos”... y “rojas”, la deciden a irse andando aquella misma noche, con seis de sus siete hijos, Josefina, Dolores, Antonio, Juan, Rosario y Enrique, hasta Algeciras, donde dos días después, cansados, desnutridos y polvorientos, cruzan el estrecho en el barco y llegan a Ceuta. Allí permanece un tiempo de forma anónima y clandestina, sin padrón ni censo, al intuir el peligro, mientras permanezca en territorio nacional, como lo era aquella plaza. Todavía en esa ciudad, vuelve a solicitar al Instituto de la Guardia Civil de Huelva, el certificado de defunción de su marido, sin el que nunca podría aspirar a una legítima pensión de viudedad. Reclamando asimismo, le sean reembolsados los Fondos de Socorro Mutuos acumulados por el “Cabo Godoy” que pertenecen íntegra y legítimamente a la viuda y los hijos del finado. En todo caso, si le fueran devueltos esos fondos, le responde la Dirección General de la Guardia Civil, sería sin participación de la viuda y de su hijo mayor Luis en los mismos, considerados delincuentes por el Nuevo Régimen.
En esos momentos, conscientes de que eran vigilados por los servicios secretos, escapan a Casablanca, donde por temor a los investigadores franquistas, permanecen sin empadronarse, hasta el año de 1948. A finales de octubre del 37, el nuevo Régimen imperante ya en la zona, celebra un remedo de juicio en Huelva, para juzgar el caso de los Fondos de Socorro Mutuos a la viuda y los hijos del ex Comandante de Puesto de Fuenteheridos, ajusticiado por apoyo a la rebelión, aunque legítimamente le pertenecen en principio. Después de una pantomima de juicio, le es denegada su justa demanda en la totalidad, luego de un auténtico ensañamiento de declaraciones contra ella de los ex compañeros como el nuevo cabo de Puesto, del Guardia José García y de sus respectivas mujeres. Declarando en rebeldía a Magdalena Martín Mallén, como lo prueba y corrobora el hecho (según ellos), de que la susodicha, haya huido de Ceuta a Casablanca, eludiendo la responsabilidad de sus delitos.

El mensaje que se transmite a los huidos, es: “no habrá piedad para los vencidos”. Tocando a degüello e imponiendo un terrible y desolador mensaje de represión y muerte. A finales de 1949, Salvadora, una hermana de Magdalena, residente en Argentina, la localiza en Casablanca y le envía pasajes para viajar a La Argentina. Los hijos mayores, Luis, Josefina y Dolores, ya casados con Luz, Méndez y Alberto, quedan en Casablanca y Córcega. Antonio, Juan, Rosario y Enrique, con su madre, Magdalena, desembarcan en Buenos Aires, en el barco Groix, el 30 de septiembre de 1949, y luego en tren hasta Mendoza, donde vive su hermana. Posteriormente se asientan en Buenos Aires, en el distrito de Ramos Mejía. Allí rehacen su vida profesional, se casan y tienen un montón de hijos. Nietos de Luis Ortega (el “Cabo Godoy"), y Magdalena Martín. Ésta se mantiene animosa y con energía hasta los últimos años de su vida. Y es que, pese a los intentos del franquismo de erradicar la “casta roja” del “Cabo Godoy” y Magdalena, su semilla alcanzaba ya casi entre hijos nietos y biznietos, los sesenta representantes y en tres continentes.
Antes, en 1954, a través del consulado español en Casablanca, los hijos mayores reciben un comunicado de la Dirección General de la Guardia Civil, sobre un Fondo de Socorros Mutuos de 3,499’79 pts. para la viuda y los hijos de Luis Ortega Godoy, al que responden que han decidido y así lo firman, que ese dinero de la Caja de Huérfanos de la Guardia Civil, le sea remitido a sus hermanos menores, Antonio, Rosario y Enrique, que emigraron a La Argentina. La Dirección General no cumple ese deseo y en 1957 , de nuevo a través del Consulado de Casablanca, comunican a la familia que tiene a su disposición un fondo de 4.408’62 pts. que nadie de la familia pasa a recoger, y del que nunca más se supo. Si legítimamente le pertenece a la familia, ese fondo, actualizado el valor del dinero después de 75 años, puede equivaler hoy, aproximadamente a 35.000 euros (que bien podrían justificar unas gestiones con un abogado especializado).
Magdalena muere en su pueblo natal de Marbella, a finales de marzo de 1984. Tiene 88 años. De nuevo el destino ha querido ser esquivo con ella: sólo cinco meses después de su muerte, el 22 de octubre, el gobierno de Felipe González aprueba la ley 37/ 1984, por la que se aprueban los derechos de pasivos de los militares republicanos, y las Fuerzas de Orden Público y Fuerzas de Carabineros. El infortunio y la injusticia se alían otra vez contra la familia Ortega - Martín.
El 27 de septiembre del año 2007, el gobierno socialista de José Luis Rodríguez, aprueba la Ley de Memoria Histórica, oficialmente, la ley 52/2007. En el año 2020, se recibe en el Juzgado de Paz de Zafarraya, una petición de partida de nacimiento de un tal Luis Ortega Godoy, que se envía cumplimentada y sin dilación a los remitentes. El 17 de julio de 2023, recibo este mensaje en el “messenger” de mi móvil: “buenos días. Mi nombre es María Itatí Palacio. Estuve hace poco ahí, pero nadie pudo decirme nada de su familia. Quizás usted sepa algo. Él se llamaba Luis Ortega Godoy, era Guardia Civil y lo fusilaron en 1936”. Al que respondo después de numerosas consultas con la gente mayor del pueblo y repasar con Miguel, Juez de Paz del pueblo, algunos libros del registro: “lo siento mucho, pero no tengo ni idea. No obstante, le prometo que haré un esfuerzo por indagar el caso e informarla si encuentro alguna referencia”.

El día 8 de abril de 2026, a través de “Alhama Comunicación” y algún telediario de Canal Sur, dan la noticia del acto celebrado en Minas de Riotinto, (Huelva) presidido por el ministro de Política Territorial y Memoria Histórica, Ángel Víctor Torres, para entregar los restos exhumados en 2023, de una fosa común del Cementerio Municipal de Fuenteheridos (Huelva), del cabo primero de la Guardia Civil, Luis Ortega Godoy, natural de Zafarraya y fusilado el 26 de agosto de 1936, por su heroica defensa de la República, ante los sublevados por el golpe de estado de Franco, del 18 de Julio de 1936. En la fosa investigada, entre otros restos aparecieron los clásicos botones metálicos de pecho, puños y hombros, de la guerrera de Guardia Civil y curiosamente, el hueco con la forma perfecta de un tricornio formado por la arcilla de la tumba, corroborando la versión que se defendía por la familia, de que Luis quiso morir “con el tricornio puesto” y así lo enterraron sus verdugos, que no se atrevieron a arrebatarle la prenda.
La noticia me impactó. Era imperdonable que nadie en la izquierda del pueblo, ni de los históricos republicanos ni de los jóvenes militantes progresistas, hubiéramos tenido conocimiento de “la vida y testimonio” de este heroico paisano. También me resultó extraño que el Ayuntamiento de Zafarraya, no recibiera ninguna comunicación oficial del acto de homenaje, a un hijo del pueblo, celebrado en Minas de Riotinto. De pronto entendí la urgencia de buscar referencias histórico - administrativas de este insigne antepasado nuestro. Y con Miguel, el Juez de Paz. (por cierto, nieto de “Miguel el de Miguelico”, María), redoblamos el esfuerzo repasando libros del registro municipal, en jornadas interminables. Hasta que sacamos todas las conexiones del cabo Luis Ortega Godoy con el pueblo. Sus ancestros y sus descendientes.
Así se lo comunicamos a su nieta, María Itatí Palacio, ahora residente en Murcia, a la que ilusionó y alegró tanto la noticia, que decidió visitarnos el fin de semana inmediato. El sábado pasado, 18 de abril, María estuvo con nosotros, acompañada de su marido argentino, también con nacionalidad española, Guillermo Parra. Y pudo conocer, abrazar y charlar con sus parientes en El Llano de Zafarraya, que por la parte de su bisabuela y madre del conocido como “Cabo Godoy”, Dolores Godoy Martín era el hermana nada menos que de diez hijos más de la extensa familia de los Godoy -Estébanes, en Zafarraya: Romualda, Plácido, Esteban, Estanislao, Ricardo, María, Emilia, Placido II (al morir aquel) Ruperto y Dolores Godoy Martín. Hijos todos de Pascual Godoy Santiago y Dolores Martín Sánchez. Abuelos y bisabuelos de contemporáneos nuestros como Placidones, hijos y nietos, de los carpinteros Estébanes, los de Felicita del Cajero, los de Emilito Cazorla, los hijos de Elisita y Cipriano y algunos más. También la alegró el compromiso adoptado por el ayuntamiento (que no pudo transmitirle directamente la Alcaldesa, Rosana Molina), de celebrar un acto de homenaje y de reconocimiento de su gesta, en su pueblo natal Zafarraya, a su abuelo Luis Ortega, más conocido como el “Cabo Godoy”.
María Itatí Palacio, hija de Rosario Ortega Martín, la hija menor de Luis y Magdalena, que casó en La Argentina con Arístides Simón Palacio, es de alguna manera, la que desde Murcia, su lugar de residencia en España desde hace casi veinte años, hace de embajadora de su familia, los descendientes de Luis y Magdalena, en su pueblo de origen Zafarraya, donde están enterrados sus ancestros comunes y conviven sus parientes menos inmediatos. Y lo hace en su nombre y en el de sus hermanos, Enrique y Sebastián y de sus hijos Magdalena, Martín y Renata
...Y también lo hace en nombre de sus numerosos primos, tíos y sobrinos, es decir, de los hijos, nietos y biznietos del “Cabo Godoy” y de la inconmensurable Magdalena Martín Mallén.
Nota de la redacción: Imágenes anteriores generadas con IA para ilustrar este artículo.
Cuando el Ayuntamiento de su pueblo de origen, celebre el acto de homenaje a tan insigne hijo, nos gustaría que muchos de ellos pudieran estar con nosotros, para poder gritar juntos: Luis Ortega Godoy y Magdalena Martín Mallén… ¡Presentes! |
*La noticia en Radio Alhama (i)*


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