No a la guerra. No en mi nombre


Nos enseñaron a llamar héroes / a quienes sostienen una bandera.
Pero nunca nos enseñaron / a contar los nombres / que no regresan.

No a la guerra. No en mi nombre

La guerra no empieza con ruido.
Empieza con una firma.
Una luz encendida tarde.
Un mapa sobre la mesa.

Muy lejos,
un niño pierde a su padre
sin saber que el mundo acaba de cambiar.

Las palabras viajan primero.
Visten traje.
Prometen orden.
Nombran seguridad.

Luego el cielo aprende otro idioma.
El aire se quiebra.
Las ventanas cierran los párpados.
Las calles olvidan su nombre.

Y la tierra —
no discute.
Solo recibe.

II

Nos enseñaron a llamar héroes
a quienes sostienen una bandera.

Pero nunca nos enseñaron
a contar los nombres
que no regresan.

Los poderosos hablan en cifras.
Los pueblos respiramos pérdidas.

El tablero está limpio
antes de la partida.
Pero nadie limpia después.

III

No hay música en el impacto.
No hay destino en el humo.

Solo un silencio que crece
dentro de las casas.

Las guerras se anuncian como necesidad.
Se justifican como estrategia.
Se repiten como costumbre.

Pero cada detonación
es una grieta.
Cada explosión,
una renuncia.


IV

Y sin embargo,
la tierra recuerda.

Recuerda los pasos pequeños.
El pan recién hecho.
Las manos abiertas
antes de aprender a cerrarse.

Por eso esta voz no grita.
No proclama.
No canta.

Es una negativa.

Si alguien habla en mi nombre,
respondo:

No.
No a la gloria que nace del polvo.
No a la paz que llega después del fuego.
No al poder que convierte vidas en estrategia.

No.

No a la gloria hecha ceniza.
No a la paz nacida en cementerios.
No al poder que negocia con sangre.

No.

Porque al final de toda guerra
queda lo mismo:
una casa sin techo,
una fotografía cubierta de polvo,
un silencio que no se va.

Y un niño preguntando
por qué.

Y nadie sabe responder.
Ese “por qué”
sigue vivo.


España en portada del The New York Times
(Traducimos el artículo)

Cómo España me acaba de convertir en patriota

Por Paco Cerdà — OPINIÓN

VALENCIA, ESPAÑA — Siempre me han repelido las banderas. Jamás he cantado un himno nacional. Hablo catalán, una de las lenguas minoritarias de España. Y en el próximo Mundial estaré animando a Finlandia, no a España, porque soy fan de su hermosa historia de sorpresas. Nadie me acusaría de ser un patriota.

Sin embargo, la semana pasada, cuando escuché al presidente Trump decir que España era un aliado una tifa y que no era más que lo que Estados Unidos necesita, cuando vi a otro líder del llamado mundo libre amenazando con cortar todo el comercio con España, sentí un orgullo inusual por ser español. Hay algo épico en estar en el extremo receptor de la furia de un tirano, especialmente cuando esa furia es provocada por negarse a ser su vasallo.

Nuestro presidente demostró a Trump que hay límites: es crucial plantarse por lo que es correcto.

El gobierno español encendió la ira del señor Trump después de que el primer ministro, Pedro Sánchez, anunciara que no permitiría que Estados Unidos utilizara las bases militares de operación conjunta en la guerra contra Irán. Esas bases han sido americanas desde 1953, una época en que España estaba aislada del mundo, viviendo bajo la dictadura del general Francisco Franco. En esa era se selló un vergonzoso pacto entre nuestros países: España acordó permitir que Estados Unidos usara bases militares en su territorio a cambio de dinero y reconocimiento internacional de un patrón de un régimen sangriento y represivo.

Casi tres cuartos de siglo después, esas mismas bases militares han legitimado el dominio que nos ha puesto en el punto de mira de un matón grotesco que exige que el resto del mundo se postre ante él.

Esta vez España dijo que no.

*La noticia en Radio Alhama (i)*


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